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El movimiento Antipsiquiatría

¿Qué fue el movimiento antipsiquiatría?

La antipsiquiatría fue una corriente crítica que adquirió especial relevancia durante las décadas de 1960 y 1970, en un contexto de profundas transformaciones sociales, políticas y culturales.

El término se asocia especialmente con el psiquiatra sudafricano David Cooper, que lo popularizó con su obra Psychiatry and Anti-Psychiatry (1967). Sin embargo, la historia intelectual de la crítica a la psiquiatría es anterior y posterior a Cooper, y la expresión «antipsiquiatría» terminó agrupando a autores y movimientos que no compartían necesariamente las mismas ideas ni perseguían los mismos objetivos.

Por eso es importante evitar imaginar la antipsiquiatría como una escuela perfectamente organizada, con un programa común.

Fue, más bien, un conjunto heterogéneo de críticas a la forma en que la sociedad entendía la locura, a las instituciones psiquiátricas y al poder que la psiquiatría ejercía sobre las personas consideradas enfermas mentales.

Entre sus influencias encontramos la fenomenología, el existencialismo, la sociología, el psicoanálisis, la filosofía y los movimientos políticos y sociales de la época.

Algunos de sus protagonistas fueron psiquiatras. Otros eran filósofos, sociólogos o activistas. Y también participaron, de forma cada vez más importante, las propias personas que habían pasado por instituciones psiquiátricas.

La crítica no se dirigía únicamente a los diagnósticos o a los medicamentos.

Una de las preguntas fundamentales era mucho más amplia:

¿Qué ocurre cuando una sociedad convierte determinadas formas de pensar, sentir o comportarse en enfermedades y otorga a una institución el poder de definirlas, tratarlas y, en determinados casos, controlar a las personas que las experimentan?


1. El contexto: el nacimiento de la crítica

Para comprender la antipsiquiatría hay que entender primero el contexto en el que apareció.

Durante buena parte del siglo XX, la atención psiquiátrica estuvo fuertemente vinculada a instituciones asilares.

Los hospitales psiquiátricos podían convertirse en lugares de residencia prolongada o incluso permanente para personas consideradas incapaces de vivir en la comunidad.

El internamiento implicaba con frecuencia una separación radical de la vida cotidiana, de la familia y de la sociedad.

Al mismo tiempo, la psiquiatría atravesaba importantes debates internos sobre cómo comprender los trastornos mentales, qué peso conceder a las explicaciones biológicas y cómo interpretar la relación entre individuo, familia y sociedad.

En este contexto aparecieron diferentes críticas al modelo institucional.

Una de las obras fundamentales fue Asylums (Internados, 1961), del sociólogo Erving Goffman, que analizó las llamadas «instituciones totales» y la manera en que estas podían transformar profundamente la identidad y la vida cotidiana de quienes permanecían en ellas.

Ese mismo año Michel Foucault publicó Histoire de la folie à l'âge classique, posteriormente conocida en español como Historia de la locura en la época clásica.

Ambas obras contribuyeron, desde perspectivas diferentes, a cuestionar la idea de que la institución psiquiátrica podía entenderse simplemente como un espacio neutral dedicado a curar enfermedades.

La crítica comenzó así a desplazarse desde una pregunta exclusivamente médica —«¿qué enfermedad tiene esta persona?»— hacia otras preguntas:

¿Quién define la enfermedad? ¿En qué contexto? ¿Con qué consecuencias? ¿Quién tiene el poder de decidir sobre la persona? ¿Y qué efectos produce la propia institución?


2. David Cooper y la palabra «antipsiquiatría»

David Cooper fue uno de los psiquiatras más radicales de este movimiento.

En Psychiatry and Anti-Psychiatry (1967), cuestionó profundamente la psiquiatría institucional y el modo en que las relaciones familiares, sociales y políticas podían contribuir al sufrimiento psíquico.

Cooper no concebía la llamada «locura» simplemente como una alteración cerebral que debía ser corregida.

Para él, era necesario analizar también las relaciones sociales en las que aparecía.

Su pensamiento estaba influido por el existencialismo y, especialmente, por Jean-Paul Sartre.

La antipsiquiatría de Cooper estaba además vinculada a una crítica social mucho más amplia: no pretendía simplemente reformar determinadas técnicas psiquiátricas, sino cuestionar las estructuras sociales que producían y mantenían determinadas formas de exclusión.

Esto explica por qué el término «antipsiquiatría» terminó teniendo un significado mucho más amplio que el que originalmente podía tener.


3. Thomas Szasz: «El mito de la enfermedad mental»

En Estados Unidos, Thomas Szasz desarrolló una crítica diferente.

En The Myth of Mental Illness (El mito de la enfermedad mental, 1961), cuestionó la utilización del concepto de enfermedad para describir determinadas conductas y experiencias humanas.

Szasz sostenía que muchas de las cosas denominadas «enfermedades mentales» no eran enfermedades en el mismo sentido que una enfermedad física.

Prefería hablar, en numerosos casos, de «problemas de la vida» (problems in living).

Su crítica iba más allá de la cuestión terminológica.

Szasz estaba especialmente preocupado por las implicaciones legales y políticas de la psiquiatría: si una persona era considerada mentalmente enferma, podía perder determinados derechos y quedar sometida a decisiones tomadas por otras personas.

Por eso defendía una concepción radical de la autonomía individual y se oponía especialmente al internamiento y tratamiento involuntarios.

Sin embargo, es importante diferenciar entre describir la posición de Szasz y afirmar que su posición representa el consenso científico actual.

No lo hace.

La psiquiatría contemporánea sí considera que existen trastornos mentales que pueden producir alteraciones significativas del pensamiento, la emoción, la conducta y el funcionamiento, y utiliza modelos biológicos, psicológicos y sociales para estudiarlos.

La importancia histórica de Szasz está principalmente en haber obligado a replantear preguntas sobre diagnóstico, autonomía, responsabilidad y poder.


4. R. D. Laing: comprender la locura desde dentro

R. D. Laing fue probablemente una de las figuras más conocidas de la crítica psiquiátrica británica.

En The Divided Self (El yo dividido, 1960), intentó comprender las experiencias psicóticas desde la perspectiva de la persona que las experimentaba.

Laing cuestionaba que la psicosis pudiera comprenderse únicamente como una alteración biológica.

Le interesaba especialmente la experiencia subjetiva y las relaciones familiares y sociales.

Una de sus ideas más conocidas fue que determinadas experiencias consideradas «locura» podían tener un significado comprensible si se analizaba cuidadosamente el contexto vital de la persona.

Esto supuso un cambio importante de perspectiva:

en lugar de preguntarse únicamente «¿qué enfermedad tiene?», Laing planteaba también:

«¿Qué está experimentando esta persona y qué significado puede tener esa experiencia para ella?»

Esta forma de aproximarse a la psicosis influyó profundamente en la psicoterapia y en posteriores movimientos centrados en la experiencia subjetiva.

Pero las teorías de Laing también han sido objeto de críticas y no deben confundirse con conocimientos científicos actualmente establecidos.


5. Kingsley Hall y las experiencias comunitarias

Uno de los experimentos más conocidos asociados a la contracultura psiquiátrica fue Kingsley Hall, en Londres.

El proyecto estuvo vinculado a la Philadelphia Association y a las ideas desarrolladas por Laing, Cooper y otros colaboradores.

La propuesta consistía en crear espacios donde personas que atravesaban experiencias psicóticas pudieran vivir en un entorno comunitario diferente del hospital psiquiátrico tradicional.

Se intentaba reducir la distancia entre «profesional» y «paciente» y crear relaciones menos jerárquicas.

Kingsley Hall se hizo especialmente conocido por la experiencia de Mary Barnes, que posteriormente describió su proceso en Two Accounts of a Journey Through Madness.

Estos experimentos son históricamente relevantes porque plantearon una cuestión que sigue presente:

¿Es posible acompañar una crisis psicótica sin recurrir automáticamente a la hospitalización, la medicación forzosa o la contención?

La existencia de estas experiencias no demuestra que una única alternativa sea adecuada para todas las personas.

Pero sí demuestra que el modelo institucional tradicional no era la única forma imaginable de responder a una crisis.


6. Franco Basaglia y la transformación de Italia

La trayectoria de Franco Basaglia es especialmente importante porque conectó la crítica psiquiátrica con una transformación institucional concreta.

Basaglia comenzó su trabajo en hospitales psiquiátricos italianos y quedó profundamente impactado por las condiciones de vida de las personas internadas.

Su crítica no consistía simplemente en afirmar que la psiquiatría estaba equivocada.

Pretendía transformar las relaciones de poder dentro de la institución y devolver a las personas internadas un papel activo como ciudadanos.

Basaglia defendía que no era suficiente mejorar las condiciones del manicomio.

Había que cuestionar el propio modelo manicomial.

Su experiencia en Gorizia y posteriormente en Trieste se convirtió en uno de los referentes internacionales de la desinstitucionalización.

En 1978 se aprobó en Italia la Ley 180, conocida posteriormente como Ley Basaglia.

La ley estableció un proceso de superación del hospital psiquiátrico como institución central de la asistencia psiquiátrica y promovió una organización territorial y comunitaria de los servicios.

No fue simplemente «cerrar los manicomios».

La transformación italiana implicaba crear servicios alternativos en la comunidad y modificar la relación entre asistencia psiquiátrica, derechos civiles y ciudadanía.

Precisamente por eso, Basaglia ocupa un lugar particular dentro de la historia de la antipsiquiatría.

Su proyecto no consistía simplemente en abolir la psiquiatría, sino en transformar radicalmente la forma de prestar atención y las relaciones de poder que la atravesaban.


7. Michel Foucault: locura, saber y poder

Michel Foucault no era psiquiatra y su relación con la antipsiquiatría es compleja.

Su obra fue, sin embargo, enormemente influyente para las críticas posteriores a las instituciones psiquiátricas.

En Historia de la locura en la época clásica, Foucault estudió cómo las sociedades occidentales habían construido históricamente distintas formas de entender y separar la locura.

Una de sus contribuciones fundamentales fue cuestionar la idea de que las categorías utilizadas para describir la locura son completamente neutrales y ahistóricas.

Foucault mostró cómo los conceptos de razón, locura, normalidad y desviación están relacionados con determinadas instituciones, prácticas y formas de conocimiento.

Esto dio lugar a una de las ideas más influyentes de su pensamiento:

el conocimiento y el poder no funcionan de manera completamente independiente.

Sin embargo, sería incorrecto resumir su tesis diciendo que Foucault «demostró que la enfermedad mental fue inventada para controlar a la población».

Esa formulación simplifica considerablemente su argumento.

Foucault estaba realizando una genealogía histórica de las formas de definir y gestionar la locura, no proporcionando una explicación científica alternativa de los trastornos mentales.


8. ¿Qué criticaba la antipsiquiatría?

Aunque las distintas corrientes eran muy diferentes, pueden identificarse algunos temas recurrentes.

8.1. La patologización de la diferencia

Una de las preguntas centrales era:

¿Cuándo una diferencia humana se convierte en una enfermedad?

Las sociedades establecen normas sobre lo que consideran comportamiento aceptable.

La crítica antipsiquiátrica señaló que estas normas pueden influir en qué experiencias reciben una etiqueta diagnóstica y cuáles no.

Esto no significa que todos los diagnósticos psiquiátricos sean simplemente etiquetas sociales.

Significa que el diagnóstico ocurre dentro de un contexto cultural e histórico y que las categorías diagnósticas pueden cambiar con el tiempo.


8.2. El poder institucional

Otra preocupación fundamental era la enorme asimetría de poder existente entre el profesional y la persona diagnosticada.

El profesional podía decidir:

La antipsiquiatría preguntó qué ocurre cuando una institución tiene semejante poder sobre personas que ya se encuentran en una situación de vulnerabilidad.


8.3. El internamiento

Los hospitales psiquiátricos fueron uno de los principales objetivos de la crítica.

No se cuestionaba únicamente el edificio.

Se cuestionaba un modelo basado en separar a determinadas personas de la sociedad y convertir la institución en el centro de su vida.

Los trabajos de Goffman sobre las instituciones totales fueron especialmente influyentes en esta crítica.


8.4. La medicalización

La medicación psiquiátrica también fue objeto de fuertes críticas.

Los primeros antipsicóticos y otros psicofármacos transformaron la práctica psiquiátrica y permitieron que muchas personas pudieran abandonar instituciones.

Pero estos medicamentos también podían producir efectos adversos importantes y, en determinados contextos, podían utilizarse de forma coercitiva.

Por eso conviene distinguir dos afirmaciones:

«Los psicofármacos pueden utilizarse como herramientas de control»

y

«Los psicofármacos son únicamente herramientas de control».

La primera puede formar parte de una crítica documentada a determinadas prácticas.

La segunda sería una generalización que no refleja la complejidad de la evidencia ni de la práctica clínica contemporánea.


9. ¿Tenía razón la antipsiquiatría?

Esta pregunta probablemente sea demasiado sencilla.

La historia no permite dividir el movimiento entre afirmaciones «verdaderas» y «falsas» como si hubiese constituido una única teoría científica.

Algunas de sus críticas tuvieron una enorme influencia y contribuyeron a reformas importantes:

Pero algunas de las tesis más radicales de determinados autores —por ejemplo, negar que las enfermedades mentales puedan considerarse enfermedades en cualquier sentido relevante— siguen siendo objeto de debate y no representan el consenso científico contemporáneo.

Esto es importante porque criticar la psiquiatría no obliga a negar que exista sufrimiento psíquico clínicamente significativo, del mismo modo que aceptar la existencia de trastornos mentales no obliga a aceptar cualquier práctica realizada históricamente en nombre de la psiquiatría.

Es posible sostener ambas cosas simultáneamente.


10. ¿Qué queda de la antipsiquiatría hoy?

La palabra «antipsiquiatría» se utiliza actualmente de maneras diferentes.

Para algunas personas describe una posición explícitamente contraria a la psiquiatría.

Para otras, es una etiqueta histórica que no representa adecuadamente los movimientos contemporáneos de reforma de la salud mental.

Uno de los cambios más importantes es que la crítica ya no procede únicamente de filósofos o profesionales.

Han adquirido una enorme importancia los movimientos de supervivientes y usuarios de la psiquiatría, que reivindican participación, autonomía y el derecho a intervenir en las decisiones que afectan a sus vidas.

El lema:

«Nada sobre nosotros sin nosotros»

resume una demanda fundamental: las personas que utilizan los servicios de salud mental no deberían ser únicamente objetos de intervención, sino participantes activos en las decisiones sobre su atención.


11. La salud mental basada en derechos humanos

Algunas de las cuestiones planteadas históricamente por la antipsiquiatría han terminado entrando en el debate institucional internacional.

La Organización Mundial de la Salud, por ejemplo, publicó en 2021 sus orientaciones sobre servicios comunitarios de salud mental centrados en la persona y basados en los derechos humanos.

La OMS recomienda avanzar hacia servicios comunitarios, centrados en la recuperación y compatibles con los derechos humanos, y presenta modelos que buscan reducir o eliminar prácticas coercitivas.

Su orientación para los servicios de crisis incluye explícitamente modelos que buscan proporcionar atención sin recurrir a la fuerza o la coerción.

Esto no significa que la OMS sea una organización «antipsiquiátrica».

De hecho, la propia existencia de estas recomendaciones muestra algo más interesante:

algunas preocupaciones que históricamente fueron asociadas a movimientos radicalmente críticos de la psiquiatría forman hoy parte del debate convencional sobre cómo debería organizarse la atención en salud mental.

La propia OMS reconoce que las prácticas coercitivas y las vulneraciones de derechos continúan existiendo en numerosos sistemas de salud mental.


12. Más allá de la dicotomía «psiquiatría sí / psiquiatría no»

Quizá una de las lecciones más interesantes de esta historia sea que la discusión no tiene por qué reducirse a dos posiciones:

«La psiquiatría tiene razón»

frente a

«La antipsiquiatría tiene razón».

Existe una tercera posibilidad: examinar críticamente qué funciona, para quién, en qué circunstancias y a qué coste.

Una persona puede encontrar una medicación profundamente beneficiosa y, al mismo tiempo, defender el derecho de otra persona a rechazarla.

Puede considerar útil un diagnóstico y, al mismo tiempo, cuestionar el uso que una institución hace de él.

Puede necesitar hospitalización durante una crisis y, al mismo tiempo, defender que el internamiento involuntario debería ser excepcional y estar sujeto a garantías estrictas.

Puede considerar que una experiencia tiene componentes biológicos y, simultáneamente, reconocer la importancia del trauma, las relaciones, la pobreza, la discriminación, el aislamiento social o las condiciones materiales de vida.

La realidad humana rara vez cabe completamente en una sola explicación.


13. ¿Y qué podemos aprender de la historia?

Quizá la principal aportación de la antipsiquiatría no sea haber proporcionado una teoría alternativa definitiva sobre la locura.

Su legado más duradero puede encontrarse en las preguntas que obligó a plantear.

¿Quién tiene derecho a definir lo que es normal?

¿Qué diferencia existe entre tratar y controlar?

¿Puede existir atención psiquiátrica sin coerción?

¿Qué ocurre cuando el diagnóstico se convierte en identidad?

¿Cuánto poder debería tener un profesional sobre la vida de una persona?

¿Qué papel deben tener la persona afectada y sus redes en las decisiones sobre su tratamiento?

¿Podemos comprender el sufrimiento psíquico sin reducirlo exclusivamente a una alteración biológica?

Y quizá la pregunta más importante:

¿Cómo podemos ofrecer ayuda a las personas que sufren sin quitarles, en el proceso, su autonomía, su voz y su condición de ciudadanos?

La historia de la antipsiquiatría no proporciona respuestas sencillas a estas preguntas.

Pero quizá precisamente por eso sigue siendo relevante.

No necesitamos aceptar todas las ideas de Szasz, Laing, Cooper, Basaglia o Foucault para reconocer que sus críticas contribuyeron a abrir debates que todavía no hemos terminado.