Trauma and Neurodivergent Coach

La burocracia que mata

La distancia que nos permite no mirar: burocracia, vulnerabilidad y responsabilidad moral

¿Qué ocurre cuando una institución puede perjudicar a una persona sin que nadie tenga que enfrentarse directamente al sufrimiento que produce?

El botón a distancia

Existe una diferencia fundamental entre presenciar el sufrimiento que provoca una acción y limitarse a ejecutar una operación cuyos efectos ocurren lejos de nosotros.

Pensemos en alguien que utiliza un arma a distancia. La tecnología permite actuar sobre otra persona sin tenerla delante, sin percibir necesariamente sus expresiones, sus gritos o sus intentos de escapar. La separación física no elimina las consecuencias de la acción, pero puede reducir la exposición de quien la ejecuta a las señales humanas de ese sufrimiento.

La distancia funciona, en este sentido, como una forma de protección psicológica. No protege únicamente el cuerpo de quien actúa: también puede protegerlo de la experiencia emocional de contemplar lo que está haciendo.

¿Podría ocurrir algo parecido en otros ámbitos de la vida social?

Imaginemos a una persona que solicita ayuda a una administración pública. Quizá atraviesa una depresión grave, tiene una discapacidad que limita su autonomía o se encuentra en una situación económica desesperada. Explica su problema y recibe una respuesta: debe llamar a otro número, cumplimentar un formulario, presentar una solicitud electrónica o dirigirse a un organismo diferente.

La persona sigue necesitando ayuda. Sin embargo, para quien la atiende, la interacción puede haber concluido satisfactoriamente: ha proporcionado la información que correspondía a su puesto de trabajo.

La comparación con las armas a distancia no pretende equiparar moralmente una gestión administrativa con un acto de violencia física. Lo que interesa es el mecanismo compartido que permite explorar: la posibilidad de separar la acción de sus consecuencias humanas y, con ello, reducir la percepción de la propia responsabilidad.

Desmond Morris, en El zoo humano (1969), examinó cómo los entornos sociales complejos e impersonales pueden generar tensiones y comportamientos difíciles de comprender desde nuestra imagen idealizada de la convivencia humana. Su obra ofrece un punto de partida para pensar en la relación entre nuestra condición social y las estructuras que organizan la vida colectiva. La analogía concreta entre las armas a distancia y los trámites burocráticos es, sin embargo, una extensión interpretativa de ese problema, no una tesis que deba atribuírsele literalmente sin verificar el pasaje correspondiente.

La pregunta que nos interesa es más amplia que la empatía de un trabajador concreto: ¿qué características de una institución permiten que una necesidad humana pierda visibilidad mientras el procedimiento continúa funcionando?

La burocracia como mecanismo de distanciamiento moral

Para comprender este fenómeno, resulta útil recurrir al psicólogo Albert Bandura y su teoría de la desconexión moral.

En su artículo Moral Disengagement in the Perpetration of Inhumanities (1999), Bandura describe distintos mecanismos mediante los cuales las personas pueden desvincular sus estándares morales de sus propias acciones. Entre ellos se encuentran la difusión o el desplazamiento de la responsabilidad, la minimización de las consecuencias perjudiciales, el uso de un lenguaje que suaviza lo que está ocurriendo y la atribución de culpa a quienes sufren las consecuencias.

Estos mecanismos no requieren que alguien se considere una mala persona. Precisamente, pueden permitir que una persona conserve una imagen positiva de sí misma mientras participa en acciones que perjudican a otras.

En el contexto administrativo, el proceso podría adoptar formas aparentemente inofensivas:

«Yo no decido quién recibe la ayuda».

«Mi función consiste en tramitar la solicitud».

«El procedimiento es el mismo para todo el mundo».

«Si no ha presentado la documentación, no puedo hacer nada».

Cada una de estas afirmaciones puede ser verdadera en determinadas circunstancias. Un trabajador puede tener competencias limitadas, estar obligado a cumplir requisitos legales o carecer de medios para resolver una situación particular.

El problema aparece cuando estas explicaciones dejan de servir para delimitar una responsabilidad real y pasan a funcionar como justificaciones suficientes para desentenderse de las consecuencias.

La pregunta deja de ser qué necesita la persona o qué ocurrirá si no recibe ayuda. Pasa a ser si cada participante ha cumplido correctamente su parte del procedimiento.

Así, la responsabilidad se fragmenta. Una persona informa, otra recibe documentos, otra evalúa los requisitos y otra toma la decisión final. Cada una contempla una parte del proceso; ninguna tiene necesariamente una visión completa de la situación ni se siente responsable de su desenlace.

El resultado puede ser una forma de irresponsabilidad organizada: no porque nadie tenga obligaciones, sino porque las obligaciones se distribuyen de tal manera que la responsabilidad por el resultado global queda diluida.

Zygmunt Bauman analizó una cuestión relacionada en Modernidad y Holocausto (1989). Su investigación examina cómo la organización burocrática moderna, la división del trabajo y la racionalidad instrumental pueden contribuir a separar las acciones de sus consecuencias morales. El análisis de Bauman se refiere a un contexto histórico extremo y no debe utilizarse para equiparar los trámites administrativos contemporáneos con el Holocausto. Su relevancia aquí es más acotada: advierte de que la eficiencia organizativa y el cumplimiento de procedimientos no garantizan, por sí mismos, una conducta moral.

La legalidad, la eficiencia y la responsabilidad moral son dimensiones relacionadas, pero distintas. Un procedimiento puede ser legal y estar correctamente ejecutado y, aun así, producir un resultado evitable y perjudicial. Reconocerlo no significa que cada trabajador pueda ignorar la ley a voluntad; significa que las instituciones necesitan mecanismos para identificar y corregir las consecuencias dañinas de sus propias reglas y prácticas.

Cuando el procedimiento sustituye a la ayuda

La burocracia cumple funciones indispensables. Permite organizar servicios complejos, distribuir recursos, establecer criterios comunes, documentar decisiones y proteger a la ciudadanía frente a la arbitrariedad.

El problema no es la existencia de procedimientos, sino su transformación en un fin en sí mismos.

Consideremos una situación habitual: una persona acude a un servicio para resolver un problema y se la deriva a otro. Allí descubre que debe aportar documentación que no sabía que necesitaba. Cuando consigue reunirla, le indican que debe iniciar otra gestión. El segundo servicio no puede resolver el problema porque falta un documento que depende del primero. Mientras tanto, nadie asume el seguimiento del caso.

Es posible que cada profesional haya actuado dentro de sus competencias. Sin embargo, desde la perspectiva de la persona afectada, el resultado es una sucesión de obstáculos sin una solución efectiva.

La institución puede registrar cada derivación como una actuación realizada. La persona, en cambio, sigue sin recibir la ayuda que necesita.

Esta diferencia entre la actividad administrativa y el resultado humano es fundamental. Una organización puede contabilizar llamadas atendidas, formularios procesados y expedientes derivados sin comprobar suficientemente cuántas personas han conseguido resolver sus problemas.

Cuando las métricas de rendimiento premian principalmente la rapidez, el volumen de trámites o el cumplimiento formal, existe el riesgo de que lo fácilmente medible desplace a lo verdaderamente importante.

La atención deja de organizarse alrededor de la necesidad y empieza a organizarse alrededor de la gestión de esa necesidad.

En ese contexto, la derivación puede convertirse en una especie de botón a distancia: permite transferir el problema sin tener que experimentar plenamente lo que significa para quien lo padece.

No toda derivación es una forma de abandono. A menudo es necesaria y apropiada. La diferencia está en si conduce a una vía de atención accesible y coherente o si simplemente desplaza la responsabilidad hasta que la persona deja de insistir.

La paradoja de exigir autonomía a quien necesita ayuda

Este problema se vuelve especialmente visible cuando hablamos de salud mental, discapacidad o pobreza.

Una persona con depresión grave puede tener dificultades para iniciar tareas, mantener la concentración, tomar decisiones cotidianas o gestionar varias obligaciones simultáneas. Alguien que atraviesa una crisis de ansiedad puede experimentar una llamada telefónica como una tarea extraordinariamente difícil. Una persona con una discapacidad cognitiva puede necesitar explicaciones accesibles o apoyo para comprender un procedimiento. Quien vive en condiciones de pobreza puede carecer de conexión estable a internet, dispositivos adecuados, transporte o tiempo disponible.

Estas situaciones no son equivalentes y no afectan a todas las personas de la misma manera. Comparten, sin embargo, una característica relevante: las capacidades y los recursos necesarios para acceder a una ayuda pueden ser precisamente aquellos de los que la persona dispone en menor medida.

Para conseguir una prestación o acceder a un servicio, puede ser necesario identificar el organismo competente, comprender sus requisitos, conseguir una cita, reunir documentación, completar formularios, responder a comunicaciones y reclamar cuando algo falla.

Cada paso exige tiempo, conocimientos, energía y capacidad de organización. Si el proceso se interrumpe, la persona debe averiguar por qué, identificar el siguiente paso y volver a empezar.

En otras palabras, el acceso a la ayuda puede depender de la capacidad de superar una cadena de tareas que resulta especialmente difícil para quien necesita esa ayuda.

Los investigadores Donald Moynihan, Pamela Herd y Hope Harvey desarrollaron el concepto de administrative burden, o carga administrativa, para estudiar los costes que experimentan las personas al relacionarse con el Estado. En su artículo de 2015 distinguen tres categorías: los costes de aprendizaje, necesarios para descubrir y comprender cómo acceder a un programa; los costes de cumplimiento, relacionados con los trámites y requisitos; y los costes psicológicos, que pueden incluir el estrés, el estigma y la pérdida de autonomía asociados al proceso.

Esta perspectiva permite entender que la dificultad para acceder a un derecho no depende únicamente de que la persona cumpla los requisitos formales. También depende de las condiciones en las que debe demostrar que los cumple.

Una prestación puede existir legalmente y resultar, en la práctica, inaccesible para algunas de las personas a quienes está destinada.

La consecuencia es una paradoja especialmente cruel: cuanto mayor es la necesidad de apoyo, menor puede ser la capacidad de completar el proceso necesario para obtenerlo.

Y cuando alguien no consigue terminarlo, su situación puede interpretarse como falta de interés, irresponsabilidad o incumplimiento. El fracaso del procedimiento se atribuye entonces a la persona, aunque las dificultades del propio procedimiento hayan contribuido a producirlo.

La institución deja de preguntarse si su sistema es accesible para quienes más lo necesitan y empieza a preguntarse por qué determinadas personas no consiguen utilizarlo.

Cuando el sufrimiento se convierte en un problema de conducta

Hay otra consecuencia posible del distanciamiento institucional: el sufrimiento puede hacerse visible sin llegar a ser reconocido como sufrimiento.

Imaginemos que una persona ha intentado repetidamente conseguir una respuesta. Ha explicado su situación, ha llamado a varios teléfonos y ha recibido indicaciones contradictorias. Su energía se agota. La desesperación se transforma en frustración y la frustración termina expresándose en una conversación tensa.

Puede llorar, elevar la voz, insistir en una pregunta o tener dificultades para organizar lo que quiere decir.

Desde el punto de vista de quien la atiende, la interacción puede empezar a resultar incómoda. La persona deja de encajar en las expectativas de una comunicación tranquila, breve y ordenada.

Entonces puede producirse un desplazamiento de la atención: en lugar de examinar por qué alguien ha llegado a ese estado, la prioridad pasa a ser que deje de comportarse de esa manera.

El problema original queda en segundo plano. La conversación se centra en el tono, las formas o el cumplimiento de las instrucciones.

La persona que inicialmente solicitaba ayuda se convierte en alguien a quien hay que gestionar.

Por supuesto, los trabajadores tienen derecho a la seguridad y a no sufrir amenazas o agresiones. Establecer límites frente a una conducta peligrosa no es incompatible con reconocer la vulnerabilidad de quien la manifiesta. Tampoco debemos suponer que toda expresión de angustia tiene una única causa o que cualquier queja demuestra que una institución ha actuado incorrectamente.

La cuestión es otra: ¿somos capaces de distinguir entre una conducta que necesita límites y una necesidad humana que sigue mereciendo atención?

Una persona puede estar equivocada en sus interpretaciones, expresarse de forma poco adecuada o incumplir una instrucción y, aun así, necesitar legítimamente ayuda. La dignidad y el acceso a los derechos no deberían depender de que alguien consiga mostrarse tranquilo, agradecido y perfectamente articulado mientras atraviesa una situación desesperada.

Cuando la institución responde a la angustia exclusivamente como un problema de orden, corre el riesgo de agravar las condiciones que la han generado. Y si la respuesta consiste en nuevas derivaciones, restricciones o exigencias, la persona puede terminar atrapada en un círculo en el que cada intento de conseguir ayuda aumenta las dificultades para volver a solicitarla.

El mito de la neutralidad del procedimiento

Los procedimientos suelen presentarse como mecanismos neutrales porque aplican reglas y criterios formalizados. Pero una regla puede aplicarse de manera uniforme sin que sus efectos sean iguales para todo el mundo.

Pedir que todas las personas presenten un formulario por internet establece formalmente el mismo requisito. Sin embargo, no impone la misma dificultad a quien dispone de tiempo, conexión estable, conocimientos administrativos y buena salud que a quien tiene problemas cognitivos, vive en aislamiento o apenas puede levantarse de la cama.

La igualdad formal de los requisitos no garantiza la igualdad efectiva en el acceso.

Tampoco significa que deban eliminarse los requisitos de acceso o que todas las solicitudes deban resolverse sin comprobaciones. Los recursos públicos son limitados y las instituciones necesitan procedimientos que permitan determinar quién tiene derecho a qué.

Pero hay una diferencia entre exigir la información necesaria para tomar una decisión y hacer recaer sobre la persona toda la carga de descubrir, coordinar y completar el proceso.

La carga administrativa tampoco es siempre una consecuencia accidental de la complejidad. La investigación sobre este fenómeno muestra que el diseño de los procedimientos puede influir en quién termina accediendo a los programas, incluso entre personas que cumplen los requisitos. En determinadas circunstancias, las cargas administrativas pueden funcionar como barreras de acceso, con independencia de que exista una decisión explícita de excluir a alguien.

Esto obliga a ampliar la pregunta sobre la responsabilidad. No basta con examinar si cada trabajador ha seguido las instrucciones. También hay que preguntarse quién diseñó esas instrucciones, qué dificultades eran previsibles, qué grupos quedan sistemáticamente en desventaja y qué mecanismos existen para corregirlo.

Una institución no puede considerarse plenamente eficaz solo porque sus procedimientos funcionen de acuerdo con su diseño. También debe evaluar qué producen esos procedimientos en el mundo real.

La responsabilidad no desaparece porque se distribuya

Conviene evitar una explicación demasiado sencilla de este problema. No todos los trabajadores son indiferentes. No todas las administraciones están mal diseñadas. No todo trámite complicado responde a una voluntad de excluir. Muchos profesionales trabajan bajo presión, con recursos insuficientes, poco margen de decisión y una carga de trabajo que dificulta ofrecer una atención individualizada.

La empatía personal tampoco puede sustituir a una organización adecuada. Depender de que una persona concreta se conmueva, decida saltarse una rutina o haga un esfuerzo extraordinario para ayudar convierte el acceso a los derechos en una cuestión de suerte.

Precisamente por eso, la solución no puede consistir únicamente en pedir a los trabajadores que sean más amables.

Si el sistema recompensa la rapidez por encima de la resolución, penaliza el tiempo dedicado a los casos complejos o carece de mecanismos de coordinación, la buena voluntad individual tendrá límites. Y si una organización depende sistemáticamente de que sus trabajadores compensen sus deficiencias mediante esfuerzos personales, terminará agotando también a quienes intentan hacer bien su trabajo.

La responsabilidad debe existir en varios niveles.

El trabajador tiene una responsabilidad profesional dentro de sus competencias. Los responsables de los servicios tienen la obligación de organizar la atención y establecer mecanismos de supervisión. Quienes diseñan las políticas deben evaluar sus consecuencias y revisar las barreras evitables. Y la institución, en su conjunto, necesita asumir la responsabilidad de los resultados que produce su estructura, incluso cuando esos resultados no pueden atribuirse a una única decisión individual.

Hannah Arendt reflexionó sobre la relación entre el pensamiento, el juicio y la responsabilidad personal en contextos donde las personas se refugian en sus funciones, órdenes o papeles institucionales. Su obra no proporciona una explicación automática de los problemas administrativos cotidianos, pero sí plantea una pregunta pertinente: ¿qué sucede cuando cumplir una función sustituye al ejercicio del juicio sobre lo que estamos haciendo?

La respuesta no consiste en exigir que cada profesional se convierta en juez de todo el sistema. Consiste en reconocer que ninguna estructura puede sustituir por completo la necesidad de examinar sus consecuencias y que ninguna cadena de procedimientos debería volver imposible identificar quién tiene la obligación de actuar cuando algo falla.

Diseñar instituciones que no pierdan de vista a las personas

Si la distancia puede contribuir a deshumanizar una interacción, reducirla no significa eliminar toda tecnología ni exigir que cada trabajador escuche indefinidamente todos los problemas.

Significa diseñar sistemas que mantengan visible la necesidad humana detrás del trámite.

Una institución puede empezar por algo tan básico como garantizar que una derivación tenga un destino identificable, que la persona comprenda el siguiente paso y que exista una vía de seguimiento cuando el proceso se atasca.

Puede ofrecer canales alternativos para quienes no pueden utilizar una plataforma digital, facilitar apoyos para completar solicitudes y evitar que una misma información tenga que aportarse repetidamente. Puede permitir que una persona solicite adaptaciones por discapacidad y formar a sus profesionales para distinguir entre una dificultad de comunicación y una falta de voluntad de colaborar.

También puede evaluar sus resultados de una manera diferente. Además de contar expedientes tramitados, puede estudiar cuántas solicitudes terminan resolviéndose, cuánto esfuerzo exige el proceso, dónde se producen los abandonos y qué obstáculos afectan de manera desproporcionada a determinados grupos.

Estas medidas no eliminan todos los conflictos ni garantizan que cada persona reciba la respuesta que desea. Una administración responsable también debe poder denegar solicitudes cuando no se cumplen los requisitos, explicar sus decisiones y proteger los derechos de las demás personas.

Pero una negativa fundamentada no es lo mismo que una cadena de derivaciones que deja a alguien sin saber qué hacer. Una decisión desfavorable no equivale a una ausencia de responsabilidad. Y una institución puede mantener sus límites sin tratar a la persona que los encuentra como si fuera un inconveniente administrativo.

La cuestión decisiva es si el sistema dispone de mecanismos para reconocer que, detrás de cada expediente, existe alguien que experimentará las consecuencias de sus decisiones.

El derecho a no desaparecer detrás de un expediente

La burocracia moderna permite coordinar sociedades complejas. Esa capacidad es indispensable para garantizar derechos a millones de personas. Pero también puede crear una distancia entre quienes administran las decisiones y quienes viven sus consecuencias.

Cuando esa distancia se combina con la fragmentación de responsabilidades, la rigidez de los procedimientos y la ausencia de mecanismos de corrección, una institución puede producir sufrimiento sin que ninguna de las personas que participan en ella llegue a experimentar plenamente su responsabilidad.

El problema no exige imaginar una conspiración de funcionarios crueles ni atribuir intenciones perversas a quienes cumplen su trabajo. Basta con observar cómo una organización puede convertir una necesidad humana en una secuencia de operaciones y considerar que ha cumplido su función cuando ha completado esas operaciones, aunque el problema de la persona siga intacto.

Por eso, la vulnerabilidad es un ejemplo tan revelador de una cuestión que nos afecta a todos. Quien atraviesa una crisis de salud mental, una discapacidad o una situación de pobreza puede disponer de menos recursos para resistir las consecuencias de un sistema inaccesible. Pero nadie está completamente protegido frente a la enfermedad, la dependencia, la pérdida de ingresos o la necesidad de ayuda.

Una institución puede establecer procedimientos para distribuir responsabilidades. Lo que no debería hacer es utilizar esa distribución para volverlas imperceptibles.

La pregunta ética no es únicamente si cada persona ha cumplido las normas que le corresponden. Es también si las normas, la organización y las prácticas de la institución permiten reconocer el daño, responder a él y corregirlo.

Porque una persona no deja de necesitar ayuda cuando se cierra una llamada, se envía un correo electrónico o se completa una derivación.

Y el sufrimiento no desaparece porque haya dejado de ser responsabilidad inmediata de quien lo ha escuchado.

Una institución verdaderamente orientada al servicio público no debería medir su éxito únicamente por los procedimientos que consigue completar, sino también por su capacidad para evitar que las personas desaparezcan detrás de ellos.